Quiero compartir con
ustedes, un escrito del señor A. Díez de las Heras, publicado en “Estampa”
(España) en año de 1930:
AL
PRIMER CAMPEỐN DE BOXEO DEL MUNDO, QUE ERA GRIECO, LE COSTÓ EL CAMPEONATO UNA
OREJA Y UN OJO
El primer campeón del mundo de boxeo fue
Onomastos, de Smirna, que se calzó el título en los Juegos de la 41º
olimpíada.
En aquella feliz época, los Juegos Olímpicos podían
considerarse como los únicos y verdaderos campeonatos mundiales de todos los
deportes.
No sabemos que el Comité olímpico de entonces
sostuviera luchas con las Federaciones Deportivas Internacionales. ¡Ah! Desde luego
no se había planteado el problema de la “manque a gagner”, que tanto preocupa a
los olímpicos de nuestros días.
EI pugilato de los juegos clásicos era un ejercicio
rudo y peligroso. Un campeón de todas las categorías del siglo VI antes de
Jesucristo hacía así el relato de su “récord” a las
divinidades paganas:
“Yo, Androlaos, he disputado, ¡oh, Zeus!, todos
los combates de pugilato organizados en Grecia. En Olimpia he dejado una oreja
y en Platea uno de mis ojos.
Mi padre, Damóteles, ha ordenado a mis conciudadanos
que no me saquen del estadio sino muerto”. Demasiado deportiva la actitud de
este papá "manager", que espantará a los "segundos" de hoy
día, humanitariamente dispuestos a arrojar en seguida la esponja...
PERO EL BOXEO, DICEN LOS INGLESES, ES UN
DEPORTE INGLÉS
El pugilato da un salto de siglos desde la Grecia
antigua hasta tiempos más modernos, y reaparece, como casi todos los deportes de origen clásico, en la Gran Bretaña.
En el siglo XV los combates a puño desnudo son
muy populares. Muy sangrientos y frecuentemente trágicos también, no son por
ello menos gustados por los súbditos de Eduardo III.
Los ingleses, que con justicia reivindican su
prioridad histórica en todos los deportes, se jactan de haber poseído el primer
campeón del mundo de boxeo: Tom Figg en 1719.
No existiendo una organización seria del pugilismo,
cuya práctica, por otra parte, bastante bárbara todavía, estaba prohibida en todos
los países, nos sorprende que existiera algún confusionismo en la transmisión del
título.
En 1880 el americano Paddy Ryan fue, sin
embargo, reconocido universalmente como campeón del mundo de todas las
categorías. En 1886 se disputó un combate entre Jack Kilrain y el campeón de
Inglaterra, Jem Smith, en el que se adjudicó el título mundial al vencedor Kilrain.
Pero al año siguiente, el bostoniano John
Lawrence Sullivan se nombró a sí mismo campeón del mundo, y no sin razón,
puesto que había vencido a los dos campeonas oficiales
dos veces a Paddy Ryan y una a Kilrain.
Los ingleses trataron en seguida de buscarle un
adversario.
Lo encontraron en su campeón nacional Charlie
Waston Mitchell, pugilista de extraordinaria resistencia, bien que no pesaba más
que 75 kilos.
El combate se celebró en Chantilly (Francia),
poniendo en juego cada uno de los contendientes una apuesta personal de 500
libras.
En los combates a puño desnudo, los
"rounds" no tenían una duración fija, sino que su final se señalaba por
la caída de uno de los adversarios.
Todos los asaltos de este memorable combate
terminaron por la caída de Mitchell. El primero duró 7 m. 7 s.; el segundo, 50
s. solamente; el tercero y el cuarto, 1 m. 30 s.; el quinto, 1 m. 15 s.; el
sexto, 6 m. 50 s., y así sucesivamente. Después de dos horas de combate empezó
a llover a torrentes (el "ring", según el uso del tiempo, estaba al
aire libre, sobre la hierba).
Por fin, los dos combatientes, con el rostro
tumefacto, cubiertos de agua y de sangre, después de un “round” que había
durado 30 minutos, pidieron el “match” nulo, que el árbitro no vaciló en
conceder.
La pelea había durado tres horas y diez
minutos, y sus protagonistas descansaron de sus terribles fatigas en las celdas
frías de la cárcel de Senlis, adonde los condujo la gendarmería, que hizo su
aparición en los últimos momentos...
EL BOXEO EN LA ACTUALIDAD: DE SULLIVAN A
SCHMELLING
John L. Sullivan, campeón indiscutido después
de tal sucesión de hazañas, puso su título en juego el 7 de septiembre de 1892
en Nueva Orleáns, frente a Jim Corbett, un joven burócrata americano, que si no poseía una gran fuerza, se hacía notar
por su boxeo científico. Su habilidad y su destreza triunfaron de la
resistencia de! coloso bostoniano, al que puso fuera de combate para el
campeonato mundial, disputado con puños enguantados, y del que arranca la verdadera
historia regular de esta famosa prueba.
James
Corbett, que mantuvo el título cinco años, desde 1892 a 1897.
Corbett conservó el solio mundial del
puñetazo hasta el 17 de marzo de 1897, en que el gran científico del boxeo Bob
Fitzsimmons lo puso fuera de combate, después de catorce asaltos, en Carson City
(Estados Unidos). Para los que hablan demasiado a la ligera de la
"vejez" de los pugilistas, consignaremos el dato de que el gran Bob
contaba a la sazón treinta y seis años.
Bob
Fitzsimmons, que a los treinta y seis años obtuvo el título de campeón en
Carson City (Estados Unidos), de derrotar a Corbett.
Dos solamente conservaba el título. El 9 de
junio de 1899, James J. Jeffries, el Hércules de cien kilos, le ponía fuera de
combate en Nueva York, en once "rounds".
El nuevo campeón resistió durante largo tiempo
lodos los asaltos que se dirigieron a su glorioso título; venció sucesivamente
a Corbett, reaparecido; a Sharkey, a Rublin, a Munroe y a “tuttí quanti”.
Parecía que no había nacido el hombre capaz de abatir su ciclópea fortaleza.
James
J. Jeffries, el hércules de cien kilos, que derrotó a Fitzsimmons en Nueva
York, el 9 de junio de 1899.
El 3 de julio de 1905, en Reno (Nevada), arbitraba
Jeffries un combate entre Jack Root y Marvin Hart. Terminó el encuentro con la
victoria de Hart, y al levantar su brazo victorioso, Jeffries exclamó:
—¡Este es el único hombre capaz de sucederme!
¡Este será desde hoy el campeón del mundo, pues yo no volveré a pisar un "ring"!
Aquella original transmisión de poderes fue,
sin embargo, aceptada por todo el mundo. Tommy Burns, un canadiense de origen
francés, lanzó seguidamente su reto al campeón
novicio, al que batió al año siguiente, el 16 de febrero, en Los Ángeles, por
puntos, en veinte asaltos.
Tommy Burns, canadiense, de origen
francés, campeón en 1906.
El 26 de diciembre de 1908 es una fecha que
quedará registrada con piedra “negra” en los anales del pugilismo. Por primera
vez un hombre de color conquistaba el supremo título mundial. El hombre que
reivindicaba así los fueros de la fuerza de la raza negra era Jack Johnson, el
coloso de ébano, el más formidable púgil quizá de todos los siglos. El combate
se disputó en Sidney (Australia), y fue suspendido por la policía en el 14 “round”,
cuando Tommy Burns no era sino una piltrafa viviente ante Johnson y sonaban los
primeros tiros de revólver con que los blancos, enfurecidos, trataban de
contener la alegría desbordante de los hombres de color, que veían en Johnson
el vengador de muchos siglos de esclavitud.
Jack Johnson, el coloso de ébano, el más
formidable púgil de todos los siglos, que derrotó a Tommy Burns en un encuentro
memorable que se disputó en Sidney (Australia).
Johnson, al que los españoles conocieron en
los años de la guerra llevando una vida arbitraria y sospechosa, perdió el
título el 5 de abril de 1935, en La Habana, ante Jess Willard, Para muchos este
combate no fue sincero.
Jess Willard, que le arrebató el título
a Johnson en 1915.
En la película del encuentro, celebrado al
aire libre, puede, en efecto, verse que al producirse el pretendido "knock-out"
en el asalto 26, Johnson no debe estar tan desvanecido cuando se cubre los ojos
con el brazo para librarlos de los fuertes rayos del implacable sol tropical...
Jack Dempsey venció fácilmente a Willard en
Toledo (Ohio) el 4 de julio de 1919. Desde el primer asalto lo había
desbaratado de un "hook" de izquierda en la barbilla; al terminar el
tercer "round", los cuidadores del de Kansas arrojaron la toalla al "ring", reconociendo vencido a su pupilo.
Jack Dempsey, el vencedor de Willard en
Toledo (Ohio), el 4 de julio de 1919.
Gene Tunney, el comentador de
Shakespeare, que derrotó a Dempsey, arrebatándole el título de campeón.
El actual campeón, Schmelling, que se adjudicó
el título abandonado por Tunney.
El encuentro Dempsey-Tunney, en que aquél perdió
el título; la retirada “a lo Jeffrie” del viajero incansable y comentador de
Shakespeare; el combate Sharkey-Schmelling, en que se ha adjudicado el titulo
abandonado por Tunney un tanto confusamente, son historias demasiado recientes para
que sea preciso recordárselas al lector.
A. DIEZ DE LAS HERAS.
"Estampa", 1930.
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